Dulces condenas
El sol y la luna vivían condenados a no encontrarse nunca. Cuando uno llegaba el otro se iba, y al revés. La luna siempre se esforzaba para encontrar los momentos en los que coincidir con el sol, cancelaba reuniones con las estrellas, salir de copas con los cometas, o simplemente darse tiempo para reposar flotando en la vía láctea.
Pero para el sol, toda esa situación era diferente. El sol disfrutaba en reflejar sus rayos sobre las pieles de esas chicas camino al autobús, o en alargar las sombras de los almendros en primavera y no pensaba en nada más. El sol era la luz y viajaba a toda velocidad sin perder unos instantes en mirar la vista atrás y reparar en la luna. Y ésta estaba renunciando a tantas cosas por atrapar al sol que sus ojos se oscurecieron y su pelo se tiñió de fría noche y soledad.
La luna echaba tanto de menos los días aquellos antes de que alguien prendiera fuego a la mecha de ese cohete artificial que hizo estallar al universo en mil pedazos, en que sol y luna estaban juntos, y su pelo se agitaba con el viento solar y el tiempo era tan relativo y las distancias tan cortas que casi se confundían sus rayos. Pero la explosión los separó y cabezona en no querer renunciar a todo ese cúmulo de sentimientos, la luna esparcía gotas de rocío sobre las flores con mensajes exclusivos para el sol. Pero apenas nunca obtenía respuesta. Entonces esparcía besos en el mar provocando las mareas para que el sol los recogiera. Tantos y tantos besos...
La luna amaba tanto al sol que al final erronamente se olvidó de brillar por sí misma. Necesitaba sentir que los rayos del sol la abrazaban por detrás para enrojecerse y convertirse en una bola de fuego en el cielo. Se olvidó de que su luz también podía hacer sombra, y que su reflejo en las aguas de los ríos acompañaba cómplice el deseo de los amantes escondidos en la noche.
Quizás por eso la luna es tan solo un satélite, y aunque el sol haya querido poner la tierra de por medio, no puede dejar de girar a su alrededor, en esa dulce-amarga condena en la que se convierte a veces el querer.
Pero para el sol, toda esa situación era diferente. El sol disfrutaba en reflejar sus rayos sobre las pieles de esas chicas camino al autobús, o en alargar las sombras de los almendros en primavera y no pensaba en nada más. El sol era la luz y viajaba a toda velocidad sin perder unos instantes en mirar la vista atrás y reparar en la luna. Y ésta estaba renunciando a tantas cosas por atrapar al sol que sus ojos se oscurecieron y su pelo se tiñió de fría noche y soledad.
La luna echaba tanto de menos los días aquellos antes de que alguien prendiera fuego a la mecha de ese cohete artificial que hizo estallar al universo en mil pedazos, en que sol y luna estaban juntos, y su pelo se agitaba con el viento solar y el tiempo era tan relativo y las distancias tan cortas que casi se confundían sus rayos. Pero la explosión los separó y cabezona en no querer renunciar a todo ese cúmulo de sentimientos, la luna esparcía gotas de rocío sobre las flores con mensajes exclusivos para el sol. Pero apenas nunca obtenía respuesta. Entonces esparcía besos en el mar provocando las mareas para que el sol los recogiera. Tantos y tantos besos...
La luna amaba tanto al sol que al final erronamente se olvidó de brillar por sí misma. Necesitaba sentir que los rayos del sol la abrazaban por detrás para enrojecerse y convertirse en una bola de fuego en el cielo. Se olvidó de que su luz también podía hacer sombra, y que su reflejo en las aguas de los ríos acompañaba cómplice el deseo de los amantes escondidos en la noche.
Quizás por eso la luna es tan solo un satélite, y aunque el sol haya querido poner la tierra de por medio, no puede dejar de girar a su alrededor, en esa dulce-amarga condena en la que se convierte a veces el querer.
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